martes, 14 de junio de 2011

Juegos de mesa

Era uno de los días más calurosos de fin de invierno y a Gálvez le tocaba el turno de la noche. Sabía que se iba a aburrir, porque su compañero de guardia, Moreno, sentía cierta fascinación por jugar a las cartas sin descansar. Recordaba las ocasiones en las que se había llevado los naipes al baño para continuar maquinando su siguiente jugada y para prevenir cualquier tipo de fisgoneo de parte de Gálvez, a pesar de haber insistido en que no lo haría.

Decidió que no estaba dispuesto a pasar ocho horas mirando corazones y tréboles, así que optó por hacer un cambio en su compacta mochila: un par de zapatos por el tablero de ajedrez. Con la sensación de tener una carga más liviana, se encaminó a calentar la cena que su mujer le había dejado preparada. Prendió la televisión para que lo acompañara y se concentró en el sabroso ají de gallina. Después de lavar el plato, cogió su diminuto equipaje y emprendió el rumbo hacia la central de policía.

Moreno ya estaba barajando sus naipes, ansioso por vencer a Gálvez, a quien una partida de póker le atraía mucho menos que la orden de trapear el suelo del baño de la central. Sin embargo, aceptó la propuesta. No quería imponer su innovadora idea desde un comienzo, pues Moreno podía crear un anticuerpo que no tenía ganas de combatir. A la mitad del juego, Gálvez estaba concentrado a medias, aunque fingía total atención, y a Moreno le brillaban los ojos del entusiasmo por el triunfo asegurado. Gálvez estaba intentando buscar la excusa perfecta para abrir su mochila, sacar casualmente las piezas de ajedrez y sugerir, como quien habla sobre el clima, una partida. Abrió la boca y lo poco que llegó a pronunciar fue ahogado por el ruido del teléfono. Maldiciendo, espero que Moreno contestara.

Comisaría, buenas noches, sí, ¿me puede decir la placa?, ¿desde qué hora está?, dígame su dirección, muchas gracias, señora, vamos para allá. Moreno colgó el teléfono y le hizo una seña. Era hora de cumplir.

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