Alguna vez oí hablar de los pactos de sangre. Rituales en los que cada miembro del grupo se corta para poder mezclar un poco de sí. A algunos les puede parecer asqueroso, impensable; a otros, intrigante. Pero hay seres con los que no se puede hacer eso, pues, quizás, quieran drenarte. “Let the right one in” nos sumerge en el mundo de Oskar, un niño que sufre de bullying y que se refugia en una amiga vecina de su misma edad, que, casualmente, es un vampiro.
Tomas Alfredson, director de la cinta, obliga al espectador a usar su imaginación, pues el fuera de campo es el recurso narrativo que más llama la atención. Sabemos que un hombre le ha cortado la yugular a otra persona y que la sangre está cayendo a un envase vacío porque lo escuchamos. Eso impacta. Es súper efectivo cómo utilizan el espacio en off, pues cada espectador se lo imagina diferente, se proyecta de acuerdo a su realidad. Entonces, cuando se escucha la sangre caer y no se ve, el cerebro se encarga de que lo visualices de manera verídica. Esto asusta más, pues es coherente dentro de tu universo; si lo viéramos, no tendría tanto efecto y hasta podría resultar gracioso.
Todo empeora cuando el sonido es amplificado en los momentos de tensión. El perro lamiendo la sangre, las respiraciones agitadas, el látigo, todos son sonidos que significan más y, por lo tanto, afectan más. Las sombras son bastante utilizadas, resalto el momento debajo del puente, con el tren pasando que hace un sonido de falso suspenso. La clave baja produce querer entrecerrar los ojos para ver mejor qué está sucediendo, a pesar de que ya sabemos qué viene. La blancura del día, reforzada por la nieve, hace pensar que es un momento de paz, de seguridad, en cambio, el juego de sombras durante la noche es para estar atento a cualquier señal. En general, la frialdad no se percibe solo porque es un crudo invierno, sino porque los colores son tratados de tal forma que sientes, incluso, deseos de abrigarse.
La sutileza con que son mostrados los crímenes crea un constante ambiente de deducción y logra asustar sin la necesidad de ser gráfico. Más bien, la composición de los encuadres es abierta y los planos detalle escasean. Le dejan todo en bandeja a la imaginación, que, por cierto, está encantada de poder ser un poco gore.
Enfrentarme a una película sueca de la cual no tenía ninguna referencia fue una grata experiencia. Sobre todo porque en una época en la que tenemos vampiros por todos lados, es bueno saber que todavía hay autores que pueden hacer una historia de amor sin quitarle el hecho de que son monstruos. De esta manera, me adentran en un mundo oscuro en el que siento lástima por un asesino y donde me muestran el lado más humano de una criatura de la noche. La empatía con los niños es inmediata. La relación que se va construyendo entre ellos es progresiva y, a pesar de que no hay mucho diálogo, la ternura y la intensidad están presentes. Y es algo que se mantiene a través de toda la película. Así como mi atención en la historia. La película me deja con varias dudas sobre mi integridad moral y por qué me da pena si no resulta un asesinato, pero, si de algo que estoy segura, es que estoy convencida de que no haré jamás un pacto de sangre.
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Palmas palmas para ti :)
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