miércoles, 28 de mayo de 2014

Sentados frente al mar

(Puerto Montt, Chile)



Es inconcebible para mí despertar a las seis de la mañana en época de vacaciones. Incluso si tengo un pasaje comprado. Quizá fue por eso que tuve que mover mis brazos frente al bus para que se detuviera a la salida del terminal de Villarrica cuando ni siquiera había aparecido el sol.

El conductor, aguantándose la risa, preguntó si mi destino era Puerto Montt y yo, buscando el inhalador en la mochila, asentí en silencio para que no percibiera mi agitada respiración tras haber corrido solo un par de metros. Encontré mi asiento y me mentalicé con la idea de pasar cuatro horas sentada.

El cielo azul y yo
Casas pequeñas y de colores adornaban la entrada de la carretera a la ciudad y contrastaban con los talleres de mecánica que aparecían camino al último destino de mi transporte. La terminal de buses de Puerto Montt parecía un aeropuerto y, apenas salí a caminar, percibí enormes edificios que tranquilamente podían pertenecer a un lugar mucho más alejado de aquellas cálidas residencias que ya ni estaban a la vista.

Decidida a regresar con algo que contar y con la mochila colgada hacia delante –me habían comentado que en esa ciudad tan inspiradora los asaltantes no faltaban–, enrumbé hacia los lugares turísticos que esperaba que me tomaran suficiente tiempo.

Tres horas después, sin nada más que hacer que seguir recorriendo el malecón, decidí dirigirme a la terminal de buses, donde planeaba esperar hora y media para volver. Los pintorescos chilenos del sur tienen la particularidad de hablar muy alto y sin reparo con los desconocidos. Sin embargo, no pude evitar saltar por la sorpresa cuando una voz en off interrumpió mi tarareo.

Oye, una pregunta. ¿Qué significa el símbolo de tu collar?

Eran dos mochileros. El que había hecho la pregunta no era muy alto. Vestía un polo negro con el logo de alguna banda metalera, usaba muñequeras con púas y tenía la oreja derecha perforada. El de más tamaño parecía inofensivo: un polerón rojo despintado y un pantalón de buzo azul que se notaba que no había visitado la lavandería en mucho. Ambos lucían un bronceado envidiable y cargaban, además del tremendo equipaje, una lata de cerveza Báltica, la más barata del país.

Son las Reliquias de la Muerte respondí sin poder quitarme la expresión de asombro.

Ante la mirada interesada de ambos, expliqué que eran parte del mundo de Harry Potter y esperé alguna sonrisita burlona como las que suelo recibir cuando comento el origen de mi colgante. Nada.

Hablai diferente. ¿De dónde eres? preguntó el mismo interrogador intentando alargar la “S” al final de su oración.

Lima.

Se miraron entre ambos y la paranoia, que ya estaba desapareciendo, me convenció de que tendría que correr lo más rápido posible si es que se acercaban más de lo socialmente aceptado. Preguntaron mi nombre sin inmutarse y yo aflojé los dedos aferrados a mi mochila.

Y, Angela, ¿nos puedes explicar el asunto de La Haya? Nos enteramos porque vimos una portada. Entenderás que no estamos muy al tanto con las noticias.

El alto hablaba por primera vez y pude deducir que, a pesar de ser el menos lanzado, era el mayor.

Pero antes… ¿te parece si nos sentamos? dijo el metalero, Julio.

Después de analizar el porcentaje de riesgo que podía correr si entablaba una conversación con esos dos personajes, accedí y opté por quedarme. Ya ubicada, les conté la propuesta de cada país ante la Corte Internacional y qué era lo que se había determinado como nuevo límite marítimo, aunque a la mitad de la explicación sabía que ya no me estaban atendiendo.

No entiendo. Ese mar es de Arica y Arica es de Chile, entonces…

Arica antes era de nosotros señalé con un poco de pedantería y sin tener en cuenta que podía salir perdiendo.

Ambos cruzaron miradas de “aaah” y se rieron.

Se nota que se conocen desde hace mucho comenté en un intento de desviar la atención del asunto, aún controversial.

Sí, de hecho, la primera vez que nos vimos el Claudio y yo fue en ese faro indicó Julio con su dedo—. Después de un par de noches de compartir chelas, decidimos viajar juntos.

Qué romántico dije mientras se me escapaba una risa, que, agradecí, fue acompañada por las de los dos.

Como sabiendo que se venía un momento incómodo, el feroz viento me despeinó sin compasión y yo tuve que poner ambos brazos sobre mi cabeza para que el cabello se mantuviera en su sitio. Se aguantaron la carcajada.

—No pareces peruana —ellos eran más hábiles que yo en el arte de cambiar de tema.

—Eres muy linda para ser peruana.

Justo cuando me iba a indignar y dar mi discurso de ‘todas las mujeres son bonitas, sobre todo las de mi patria’, un tercero llegó tambaleándose. Llevaba puesto unos jeans caídos, con la correa desajustada y, en una zona comprometedora, una mancha aún fresca de un líquido que preferiría no definir. Saludó a los chicos y, como la marihuana no quita lo cortés, se acercó a presentarse. Sin embargo, se detuvo, entrecerró los ojos y empezó a cantar sin despegarme la mirada.

—You are so beautiful… to me. You are so beautiful… can’t you see?

The one and only
Sin dejar de cantar, hizo un gesto con su mano para pedir la mía, la besó y se sentó en el suelo a conversar. Julio le dijo que lo buscaban en el centro porque querían comprar de su mercancía, pero él giró los ojos hacia la cámara que colgaba de mi cuello y me pidió que le tomara fotos. Apenas las vio y estuvo satisfecho, se echó a llorar en pleno malecón de la ciudad.

Los mochileros me dirigieron una mirada de disculpa y lo convencieron de que vaya a buscar más clientes. Sin saber muy bien cómo había yo terminado haciéndole retratos a un dealer, me despedí de él sin que mi rostro delatara que acababa de pasar por una experiencia que definitivamente está en el top cinco de las más extrañas.

—Tu collar me recuerda al ojo de Odus, el de la teoría de la conspiración. ¿Has escuchado sobre ella?

Negué con la cabeza mientras me preguntaba a mí misma si realmente quería conocer esa especulación.

—He escrito sobre el tema en mi Facebook, ¿con qué nombre te encuentro? Así lo lees.

—Mejor dime el tuyo y yo te busco.

—Yo estoy con mi nombre, Claudio Hernández, pero es bien común. Cualquier weon se llama así. Mejor él, Julitro 666.

—¿Seis, seis, seis? —le pregunté a Julio evitando que se notara el sarcasmo o que se me escapara la risa.

—Sí, así nadie se olvida de mí.

Cualquiera diría que, al ser un puerto, el olor a pescado invadiría todo el malecón. Pero no. Nada indicaba que el mercado, a unos cuarenta metros, ofrecía todo tipo de productos marinos. Si tan solo el Callao fuera así.

—Pero te explico la teoría ahora. ¿Tú sabías que el agua de Chile tiene flúor?

—¿Qué?

—Es por el FLÚOR que se puede ejercer control sobre los chilenos, como todos tomamos agua. Es lo que utilizan las familias de poder, como los Rockefeller, en Estados Unidos con los gringos, por eso son tan…

Weones— la convicción de Julio me sorprendió.

—No hay que generalizar tampoco— aclaré.

La teoría me estaba aburriendo. Desvié la vista hacia el mar. El sol en el malecón de Puerto Montt era intenso, pero el viento se volvía cada vez más frío, aunque el paisaje siguiera despejado. Alcé los ojos casi de manera imperceptible y pude ver aquel “cielo azul” que Los Iracundos describen tan bien, pero no es cualquier azul, sino uno que parece precisamente elegido como el mejor color para teñir el paisaje de esa ciudad. Sin embargo, ver una foto del lugar podría haber sido engañoso, pues el viento helado, que tantas veces se había hecho presente en el día, obligaba a usar chompa y casaca bajo un sol que lo único que hacía era volver la vista aun más agradable.

—Y por eso nos quieren eliminar, porque lo sabemos.

Claudio usó un tono de voz tan concluyente que me sacó de mi ensimismamiento lo suficientemente rápido como para que no se dieran cuenta. Sonreí y dije que tenía sentido y que leería más al respecto, pero ya no me prestaban atención. Acababa de pasar una rubia con pinta de turista que intentaba prender su cigarro y Claudio decidió no despegarle los ojos de encima.

Pero no quedó ahí. Se acercó y se estacionó frente a ella.

—¿Crees que me puedas invitar uno?

La chica, cuya cara de sorpresa me recordó a la que yo había tenido media hora antes, dudó al inicio y luego le ofreció su cajetilla abierta, además de prestarle el encendedor. Cuando se sentó con nosotros de nuevo, compartió el cigarro con Julio, quien, mientras botaba el humo de la boca, se quedó mirándome pensativo hasta que se animó a hablar.

—¿Puedo preguntarte algo y desear que la respuesta sea que sí?

—No te lo puedo asegurar, pero a ver— repliqué, concentrándome para que no subiera la sangre a mis mejillas.
Julio y Claudio posando para mí

—¿Podí regalarme algo tuyo para que siempre te recuerde?

—¿Algo como qué?

—Como uno de tus aretes.

—Pero es nuevo y realmente me gusta.

Antes de que Julio pudiera replicar, vi la hora. Solo faltaban treinta minutos para que mi  bus saliera.

—¿Me acompañan a la terminal?

Aunque tuve los sentidos alerta durante todo el encuentro, no pude evitar encogerme al saber que, después de despedirme, no volvería a verlos. Me había encariñado con la manera en que veían el mundo y los admiraba un poco por cargar con tremendo equipaje a todos lados.

—Vayan avanzando. Voy a orinar.

Claudio negó con la cabeza en señal de frustración al ver cómo Julio se iba a una de las esquinas que había cerca. Como no quería ver ni a uno vaciando sus esfínteres, ni al otro renegando sobre la falta de etiqueta social del primero, giré la cabeza para echar un vistazo final al malecón. Al medio, como queriendo ser imponente, se erguía la estatua “Sentados frente al mar”, un monumento en honor a la canción en honor a la ciudad. Fue como imaginarse a los amantes de Víctor Delfín en el parque del Amor de Miraflores, pero pintados. Y parecían coloreados por niños, pues los ojos bizcos solo terminaban de afear lo que pudo haber sido un lindo detalle en un puerto tan conocido por un hit de los sesentas.

Al llegar a la estación de buses, me di cuenta de que esperaban un abrazo de despedida. Cuando Julio se acercó y me envolvió en sus brazos, lo único que pasó por mi cabeza en ese momento fue “no se ha lavado las manos”. Intentando dejar de lado mis ascos, sonreí y entré al bus. Justo antes de que me pusiera a revisar mi mochila a ver si habían aprovechado el abrazo para sacar algo, Claudio gritó:

—¡No te olvides! ¡Julitro 666! 

jueves, 18 de julio de 2013

Crítica a Guerra Mundial Z: Presupuesto de terror

Brad Pitt is the man. Así se podría resumir la película e igual sería un éxito de taquilla; sin embargo, es más que eso. Acostumbrados a que el subgénero de zombies esté más relacionado al bajo presupuesto, Guerra Mundial Z (basada en el libro homónimo de Max Brooks) nos presenta, además de geniales tomas generales de ciudades enteras, un mundo en el que ya no es exactamente Estados Unidos quien salva el día, sino, más bien, las Naciones Unidas (¿gran diferencia?).

Este largometraje apocalíptico tiene como elemento pseudo-diferencial que los muertos vivientes son llamados zombies y que, para mala suerte de los personajes, no son de los tranquilitos de George Romero. Son, más bien, de los que no pierden tiempo en convertir a todos los que están a su alrededor (peor que religioso proclamando la palabra), situación similar que hemos visto en películas como Exterminio o, incluso, Soy Leyenda (¿esos son zombies?).

Con una trama que no decepciona, Guerra Mundial Z tiene un prólogo estupendo que contextualiza, situaciones crudas que impactan y un protagonista inteligente que no comete errores tontos, además de una buena construcción del suspenso. Esto quizás se deba a que le prestaron debida atención y billetes al tercer acto, que fue re-escrito y re-grabado después de que Pitt calificara de atroz la primera muestra. Por estas consideraciones, el presupuesto se desbordó, lo que llevó a pensar que sería un proyecto que moriría sin poder revivir.

Menos mal, Paramount optó por seguir y aumentó 20 millones de dólares al dinero asignado, pero no se preocupen por los amigos de la productora, el dinero lo recuperaron en menos tiempo de lo que una persona se demora en convertirse en zombie. Así que si, mientras la veías, te preguntabas cuánto habrán gastado, pues la respuesta es 190 millones de dólares. Todas esas escenas descartadas, sin embargo, no se perderán, serán usadas en la secuela, que esperemos no demore tanto como esta.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Fred Astaire y Ginger Rogers

La época de oro de los clásicos musicales fue en la década de los 30 y la primera mitad de los 40. La crisis económica en Estados Unidos exigía un descanso y la mayoría de tramas de estas películas se ambientaban en lujosos hoteles y tenían como protagonistas a adinerados personajes. Eran tres productoras que definieron su propio estilo musical: la Warner, la Metro y la RKO.

Fue la última quien le echó el ojo a Fred Astaire, un orejón que se estaba quedando calvo, pero que bailaba con una agilidad tremenda y tenía un carisma casi incomparable. Sin embargo, su salto a la fama no lo hubiera podido dar sin la no menos encantadora Ginger Rogers. Este dúo hizo un total de diez películas, de las cuales ocho eran con roles protagónicos y solo la última a color.

No era un secreto que Astaire era superior a Rogers en técnica de baile, pero lo que la hacía tan especial es que ella no dejaba de actuar cuando el baile comenzaba, es más "la razón por la que muchas mujeres han fantaseado con bailar con Fred Astaire es que Ginger Rogers transmitía la impresión de que bailar con él era la experiencia más emocionante imaginable."

Dentro de la productora, la peculiar personalidad de Astaire no pasaba desapercibida. Consciente de su talento, él exigía que, en cada película, él tenía que tener una performance individual (su "sock solo") y que también debía haber mínimo dos números en pareja con Rogers, uno cómico y uno romántico. Además de eso, era conocido por su perfeccionismo. Más de una vez, Rogers terminó con los pies sangrando, pero nunca lloró y eso es algo que Astaire siempre admiró de ella.

Muchas veces, Astaire es clasificado, más que como bailarín, como músico, pues, fuera de dominar coreografías a la perfección, sus movimientos se veían tan naturales que se decía que su cuerpo era un instrumento. Sus aportes a la comedia musical son, primero, que los bailes sean grabados en una toma y con la cámara casi inmóvil, para que se pudiera apreciar la belleza y esfuerzo de la coreografía. Lo segundo y más importante fue que él exigía que las canciones y rutinas de bailes debían estar incorporadas en la historia y su desarrollo.

En lo que respecta a Fred y Ginger como pareja, la misma Katharine Hepburn dijo que Fred le daba a Ginger clase, mientras que ella sex appeal a él. Bailaron casi todos los géneros musicales de la época y cada número fue tan memorable como el anterior. Sin embargo, fue en los 50's que llegó la crisis de los musicales y la gente pedía más verosimilitud. Esto se juntó con la baja taquilla y la llegada de la televisión. Fue así que Fred Astaire y Ginger Rogers se separaron. Él compartió escenario con actrices de mucha mejor técnica de baile, pero la nostalgia alrededor de este dúo las opaca hasta ahora, pues cuando piensas en Fred Astaire, lo siguiente que pasa por tu cabeza es Ginger Rogers.



viernes, 22 de febrero de 2013

Encadenados al fanatismo


Django Sin Cadenas (Quentin Tarantino)

La esperada película de Tarantino llegó a salas limeñas recién hace dos semanas y, a pesar de estar disponible en la red desde mucho antes, los fanáticos decidimos ser pacientes para poder verla en pantalla grande. ¿Y qué dicen por ahí sobre esta película?

En primer lugar están los opositores de siempre y sus argumentos ya conocidos de extreme violencia no justificada y acusaciones respecto a las fuertes venganzas que se viven. A ellos les decimos “es ficción” y, si despierta un instinto asesino, pues, lo psicópata ya lo llevabas dentro, Tarantino no tiene la culpa.

Y tampoco es que los Tarantino-lovers endiosemos al guionista/director, también encontramos defectos. La mayoría probablemente salió de la sala en estado de epifanía y profesando que podía morir en paz después de haber visto Django Sin Cadenas; sin embargo, conforme pasaron las horas, se dio cuenta de un par de detalles que no le dejaban tan buen sabor, como ¿dónde quedó el famoso fetiche de pies? O cosas sin importancia, como ¿en qué momento engordó tanto?

Acostumbrados a que nos dé más de lo que esperamos, muchos de los seguidores tuvimos las expectativas muy altas respecto a este último filme. Lo que no tomamos en cuenta es que es la primera vez que hace una película de género tan definido, un tributo puro al spaghetti western, y, como buena historia del oeste, es larga y, por momentos, aburrida. A pesar de que esa palabra tiene una connotación negativa, no lo tomemos tan mal. La historia tiene momentos muy rápidos y es necesario que haya descansos narrativos. Esto nos da pie a fijarnos en más aspectos, tales como los diálogos geniales y las excelentes actuaciones.

Nadie discute el gran talento de Tarantino como guionista, pero quizás peca un poco a la hora de la edición. Con el ego inflado (justificadamente, obvio, nadie le reprocha eso), se enamora de su texto y, al dirigir, no puede ver que hay algunas cosas de más que no se pueden arreglar solamente con buenas líneas.

Pasemos a recalcar la genialidad de cada personaje. Incluso el mismo Django, que es un personaje plano, tiene matices que lo vuelven uno de los que desarrolla más empatía con el público. Está de más resaltar lo bien desarrollados que están el doctor Schultz y el esclavo Stephen. Tengo algunos reproches con Calvin Candie, pues, a pesar de que Di Caprio sorprende al ser tan cruelmente malvado, pareciera que se disfuerza por pequeños momentos. Quizás sea porque no está Uma Thurman, pero se extrañan los personajes que le dan el toque femenino al desarrollo narrativo, que tan bien maneja Tarantino.

Finalmente, me gustaría comentar que esta película es más para público estadounidense, pues es una reivindicación de un periodo oscuro de su historia. Y, si bien siento que se excedió en violencia en determinados momentos, logra compensarlo con escenas con las que no dejé de reírme. Ya era hora de que alguien parodiara el Ku Klux Klan. En resumen… ¿qué están esperando para verla?

jueves, 25 de octubre de 2012

Disparando a la italiana


Análisis de “El Bueno, el Malo y el Feo” (1966)

Dos amigos están a punto de pelear y, en un intento desesperado por suavizar la situación, me paro en el medio y canto “tururururú guaaa gua guaaa”. Todos ríen porque saben a qué me refiero. Con tan solo tararearla, la mayoría de gente se imagina un duelo, pistolas y el viento llevándose una bola de alambres. “El Bueno, el Malo y el Feo” es una de esas películas cuya banda sonora ha trascendido de tal manera que es parte de la cultura popular y una común referencia a enfrentamientos.

La dupla Leone–Morricone (director y compositor) se juntó por tercera vez en un mundo donde abundan la testosterona, los malos olores y no es necesario ser guapo para ser el protagonista, o, al menos, uno de ellos, para lograr una película que se volvería la más conocida y comercial de todos los western. Es curioso, eso sí, que haya logrado esa imagen en el mercado, pues “El Bueno, el Malo y el Feo” es un spaghetti western, es decir, la respuesta en forma de parodia que algunos italianos hicieron hacia el conocido género americano. Así es, el ícono de los western, no solo por la historia, sino también por la música, es de producción italiana. Sin embargo, los spaghetti western se consideran ahora más un tributo que una parodia.

En el caso de este en particular, el título te cuenta sobre los tres protagonistas. El feo es Tuco, un pícaro que no sabes si odiar o sentir pena por él y de cuyas ocurrencias es imposible no reírse. Sus movimientos y hasta su aspecto recuerdan a una rata cavando por su comida, en este caso, dinero. Es el personaje con el que más simpatiza incluso Leone, el director y co-guionista. El malo es Angel Eyes u “Ojos de Ángel” y lleva ese título, porque, a pesar de que todos matan, él es un maldito, el malo por excelencia. ¿Y el bueno? Blondie, el misterioso, que solo habla para soltar frases épicas. Clint Eastwood en sus años mozos interpreta a este cowboy que mata, miente y traiciona, pero que igual es bueno. Eastwood no pudo haber elegido mejor época para ser actor, pues, y esto no es noticia, no es el actor más expresivo del medio. A pesar de esto, los planos detalle a su mirada y su pose de “relájate, tengo todo bajo control” lo vuelven el badass que todos queremos ser.

Luego de tener a la rata entretenida, al villano que no cree en nadie y al rubio misterioso, lo que queda es lo que los une. Pues, como buen tributo, esta película se trata sobre el dinero y la odisea para llegar a él. “Para tres hombres, la Guerra Civil no era el infierno. Era la práctica”, reza el slogan del film y es, para mí, lo que la hace diferente de otros western. No solo sucede durante la guerra, sino que les importa menos que el fin del mundo. Sus motivaciones son otras. Ahí lo relevante es tener una pistola y saber contar cuántas balas te quedan.

Visualmente, lo que llama la atención es el uso del fuera de campo. No solo hay muchos sonidos que no “se ven”, sino que los mismos personajes aparecen sorpresivamente en encuadres cerrados. Esto quizás funcionó antaño para hacer saber que nadie lo veía venir, pero ahora resulta un poco inverosímil. Además, otro punto que resalta es la distensión en la escenas de duelo. Diversos cambios de encuadre que muestran la tensión del momento en los intercambios de mirada, los dedos temblorosos y el lenguaje corporal, te adelantan que se viene una gran pelea. Como un trailer bien hecho que no te cuenta toda la película. De esta manera, “El Bueno, el Malo y el Feo” le rinde tributo a los grandes filmes americanos del Lejano Oeste y a sus héroes, no sin mandarles la indirecta de la poca verosimilitud, a cargo del amigo roedor. “Cuando tienes que disparar, dispara. No hables”, dice Tuco, después de disparar y dejemos en claro que es una línea muy inteligente, ya que ese es el defecto de todo villano cliché: hablar antes de dar el golpe final.

Este largometraje, donde no hacen falta las mujeres pero sí las elipsis, demuestra que no toda película mal recibida por la crítica está destinada al fracaso. Explosiones, largos viajes y humor acompañan a tres hombres en un desierto donde solo faltan los extraterrestres, como Morricone, porque se necesita ser de otro planeta para ser tan genio en la composición musical, o, quizás, lo único que se necesita es ser italiano.

martes, 23 de octubre de 2012

La corta vida de mis audífonos

Érase una vez unos audífonos empaquetados en una tienda de Los Angeles, California. Eran color turquesa y tenían forma de m&m's. Yo los vi tan deliciosos que fue amor a primera vista. Ellos me miraron y yo supe que encajaríamos perfecto. Ellos, mis orejas no simétricas y yo. Los compré y empezó una dulce relación. Ellos me entendían, yo los escuchaba. Melodiosa perfección. Y así pasaron los meses.

Un día pasé un susto terrible, se le salió la protección al zurdo, pero solo era algo temporal. Se pudo solucionar. Así es. Los problemas en las relaciones saludables siempre se arreglan. Y, entonces, vine a Santiago. Ellos me acompañaban en mis eternas caminatas del metro a la casa y me hacían ver todo más bonito. Las hojas otoñales en el camino y los ancianitos con su particular andar, todo tenía armonía.

Sin embargo, la felicidad no es para siempre. Llegó el día en que el zurdo simplemente dejó de funcionar. Siempre creeré que se resintió porque la mejor reproducción siempre la daba el diestro. Yo no dejé de quererlo, seguía poniéndomelo para no perder la costumbre. Pasó una semana así y, de pronto, sin ningún aviso, el diestro se detuvo y le dio paso al zurdo, que, orgulloso, tuvo un mejor desempeño. El otro estaba exhausto y yo lo comprendí. Cómo no hacerlo.

Pero hace una semana pasó algo inverosímil. Ambos se negaban a dejarme escuchar mi música. Incluso puse The Beatles para que se sintieran a gusto (a quién no le gusta el cuarteto de Liverpool). Descubrí que tenía que presionar la conexión al iPod para que funcionaran y así lo hice. No me quejé, pues sabía que podía afectarles. Tuve que caminar diez cuadras con mi dedo índice entumecido y con calambre para que no me defraudaran.

Eso no es lo peor. No sé qué hice mal, pero hoy sucedió algo terrible. Se rehusaron a funcionar. No importó cuántas caricias les di, ellos simplemente no dijeron ni un "A". ¿Acaso me habían declarado la Ley del Hielo? ¿Acaso era porque me habían escuchado admirar otros audífonos y considerar reemplazarlos? Seguro era por eso. Sentada en el metro yo solo pensaba en todas las formas de pedirles perdón. Empecé mi caminata hacia la casa y, de pronto, sucedió. Fue algo fugaz, pero suficiente como para escucharlo. Lo que pasó fue que tuve que poner el iPod perpendicular a mi abdomen con mi brazo recogido para que quisieran armonizar mi caminata. Lo hice. Merecía el castigo. La gente me miró, pero yo me concentré en mis dotes de cantante mental. Y llegué a mi destino y los audífonos, mis amores musicales, dejaron de funcionar para siempre...

¿Algún dato de dónde puedo conseguir unos baratos en Santiago?

lunes, 22 de octubre de 2012

Yo solía tener una cabellera larga

Y llegó el cambio de look. Mis rulos crecieron y era hora de decirles "adiós". Era el momento de dejar de renegar con ellos y verlos partir. Por fin atravesé mi etapa de rebeldía tardía.

En otras noticias. Me pasaron una página para hacer diseños en base a, según lo que me dicen, fractales. Es algo así como magia gracias a la matemática. Pero no se confundan, no es "aprende matemática de forma divertida", sino que es la oportunidad de crear diseños muy interesantes sobre los que no tienes total control. Pondré aquí mis dibujitos.

La página es: http://new.weavesilk.com/


Chau, dragón