martes, 23 de octubre de 2012

La corta vida de mis audífonos

Érase una vez unos audífonos empaquetados en una tienda de Los Angeles, California. Eran color turquesa y tenían forma de m&m's. Yo los vi tan deliciosos que fue amor a primera vista. Ellos me miraron y yo supe que encajaríamos perfecto. Ellos, mis orejas no simétricas y yo. Los compré y empezó una dulce relación. Ellos me entendían, yo los escuchaba. Melodiosa perfección. Y así pasaron los meses.

Un día pasé un susto terrible, se le salió la protección al zurdo, pero solo era algo temporal. Se pudo solucionar. Así es. Los problemas en las relaciones saludables siempre se arreglan. Y, entonces, vine a Santiago. Ellos me acompañaban en mis eternas caminatas del metro a la casa y me hacían ver todo más bonito. Las hojas otoñales en el camino y los ancianitos con su particular andar, todo tenía armonía.

Sin embargo, la felicidad no es para siempre. Llegó el día en que el zurdo simplemente dejó de funcionar. Siempre creeré que se resintió porque la mejor reproducción siempre la daba el diestro. Yo no dejé de quererlo, seguía poniéndomelo para no perder la costumbre. Pasó una semana así y, de pronto, sin ningún aviso, el diestro se detuvo y le dio paso al zurdo, que, orgulloso, tuvo un mejor desempeño. El otro estaba exhausto y yo lo comprendí. Cómo no hacerlo.

Pero hace una semana pasó algo inverosímil. Ambos se negaban a dejarme escuchar mi música. Incluso puse The Beatles para que se sintieran a gusto (a quién no le gusta el cuarteto de Liverpool). Descubrí que tenía que presionar la conexión al iPod para que funcionaran y así lo hice. No me quejé, pues sabía que podía afectarles. Tuve que caminar diez cuadras con mi dedo índice entumecido y con calambre para que no me defraudaran.

Eso no es lo peor. No sé qué hice mal, pero hoy sucedió algo terrible. Se rehusaron a funcionar. No importó cuántas caricias les di, ellos simplemente no dijeron ni un "A". ¿Acaso me habían declarado la Ley del Hielo? ¿Acaso era porque me habían escuchado admirar otros audífonos y considerar reemplazarlos? Seguro era por eso. Sentada en el metro yo solo pensaba en todas las formas de pedirles perdón. Empecé mi caminata hacia la casa y, de pronto, sucedió. Fue algo fugaz, pero suficiente como para escucharlo. Lo que pasó fue que tuve que poner el iPod perpendicular a mi abdomen con mi brazo recogido para que quisieran armonizar mi caminata. Lo hice. Merecía el castigo. La gente me miró, pero yo me concentré en mis dotes de cantante mental. Y llegué a mi destino y los audífonos, mis amores musicales, dejaron de funcionar para siempre...

¿Algún dato de dónde puedo conseguir unos baratos en Santiago?

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