lunes, 30 de julio de 2012

La ceguera de la distracción

Santiago me recibió de madrugada con CERO grados y un ventarrón que casi me hace perder una oreja. Lo primero que hice al llegar a casa de mi tía fue quitarme los lentes de contacto, botarlos y dormir. Total, en la maleta estaban los nuevos. Ya al mediodía desperté peleando con todo mi ser y me dispuse a abrir la maleta que, curiosamente, tenía el segurito de la aerolínea, no mi candado. Lo abrí y, ay, no era mi maleta. Para empeorar las cosas, mis lentes de contacto y de montura estaban en la maleta no habida. Llamamos y, tras seguir el protocolo, nos dijeron que estaba en el aeropuerto. En el camino, veía formas borrosas y luces psicodélicas en los túneles. Llegamos, fuimos a la "Estación de equipaje", devolví lo que no era mío (cual lección de infante) y pude ver de nuevo.

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