viernes, 14 de enero de 2011
Lonchera
Otro día soleado en Mesa Redonda. Los estómagos advertían que la hora de almuerzo se acercaba. Todos nos dirigimos a la cocina para calentar los tapers en el microondas. Pasó uno, pasó otro y, cuando era mi turno, quise destapar mi comida para que se calentara mejor, pero estaba ajustada. Intenté de una forma, intenté de otra. Empecé a gruñir por desesperación y hambre. La lucha hizo que usara papel toalla para manipular mejor el taper. Era la última que faltaba, comía uno, comía otro. Solté un gruñido más fuerte y separé, con toda la fuerza que pude utilizar, la tapa del taper. Lo logré, calenté mi comida y fui feliz de nuevo.
jueves, 13 de enero de 2011
El primer escalón
Ayer fue mi primer día en el gimnasio. Pregunté dónde quedaba el baño en el frontdesk y me miraron como si tuviera alguna malformación en la cara. Después de cambiarme, me acerqué a uno de los trainer y le dije que era mi primer día. Le pedí una rutina y me indicó una bicicleta estacionaria, la programó, masculló algo inaudible y, cuando me animé a preguntarle qué había dicho, ya no estaba. Empecé y, a los quince minutos, decidí que era una buena opción detenerme. "¿Cuánto tiempo me habías dicho?", resulta que eran veinte y que la máquina se apagaba sola, silly me. El trainer hizo un gesto de "qué más da" y me mandó a hacer abdominales, no sin antes pronunciar con voz burlona "Sí sabes lo que son abdominales, ¿no?". Hice dos rutinas más en máquinas diferentes hasta que el trainer me llevó a la caminadora y me especificó que se apagaría sola después de veinte minutos. Mientras caminaba y jugaba con las velocidades, veía cuatro canales de TV al mismo tiempo. Solo interrumpí mi maratón en dos ocasiones para amarrarme el pasador. Se apagó y me dispuse a ir al baño, pero, al bajar, unos mareos me atacaron y supuse que así se sentiría si bajara de un barco. Luego de asearme me dirigí a la puerta, un poco orgullosa de mí misma, pues no me dolía nada. Salí y me aproximé a las escaleras, el estacionamiento estaba arriba. Subí el primer escalón y un dolor punzante atacó a mi pierna izquierda mientras me apoyaba en la baranda para no caerme, "quizá mañana sí me duele".
miércoles, 12 de enero de 2011
Rutina
Don Pancho ha salido a comprar el pan. Lleva tantos años tomando el mismo camino que puede hacerlo con los ojos cerrados. Mientras espera ser atendido, repasa los demás productos para ver si hay algo nuevo que pueda interesarle. Nada. Solo en una ocasión consideró un paquete de pequeños panecillos dulces, que no lograron salir del establecimiento y se quedaron abandonados a su suerte en la zona de embutidos. Tres panes franceses, por favor, solicita Don Pancho. La muchachita al otro lado del mostrador es nueva, piensa, al mismo tiempo que ella se dispone a realizar el pedido. De regreso a su casa decide entrar a la tienda de mascotas que hace poco han inaugurado en su cuadra. El peculiar aroma del lugar lo hace percatarse del pan y opta por regresar más tarde, sin que haya alimentos perjudicados por su reciente curiosidad.
lunes, 8 de noviembre de 2010
Infiltrada

Terminé a las 4, pero sigo en un salón. Eloy Jáuregui habla sobre la publicidad en Internet y del consumidor infiel. Hace un rato, pidió que le pongamos nombre y slogan a una imagen, yo no perdía nada. El profe advierte que tenemos que tomar conciencia sobre el control de calidad día a día, "todos los días imaginando, creando, imaginando, creando". Otro ejercicio. Mírenlo. Por cierto, lo vulgar es común en boca de Jáuregui. Me siento fuera. Adiós.
miércoles, 20 de octubre de 2010
Ramas machistas asesinas
Hoy la Madre Naturaleza me odió. El clima me jugó una mala pasada porque amaneció soleado por mi casa y no llevé abrigo. Nunca salió el sol y morí de frío. Más tarde, en pleno speech anti-machismo para Marci, la palmera que tenía atrás me embistió en la cabeza con una de sus ramas. No una, sino dos veces. Cuando le cambié de sitio a Marci para ver si la palmera lo golpeaba también a él, las ramas no se movieron. Luego, mientras subía las escaleras, la gravedad me empujó para que me cayera, pero sobreviví. Finalmente, al bajar del micro, éste no esperó a que terminara de poner los pies en el suelo y arrancó. Tuve que saltar y caí en un montón de tierra, que se levantó y me llenó de polvo. Menos mal llegué a mi casa y comí mango.
domingo, 10 de octubre de 2010
Elige un nerd
Es el menos favorito, el menos hablador, el menos agraciado. Probablemente huirá si le hablas de algo que no sea tareas. Entonces, ¿por qué un nerd?
En primer lugar, debido a sus escasas habilidades para conseguir pareja, tienes una amplia gama de dónde elegir. Si te gustan altos y delgados, hay. Si te gustan gorditos, hay. Si te gustan sin lentes, sin brackets, hay. Si te gusta el modelo tradicional, lo encontrarás.
En segundo lugar, la memoria nunca les falla. Si un nerd promete que te llamará a tal hora, lo hará. No te tendrá esperando al costado del teléfono. La hora es la hora. Además, tiene la gran habilidad de recordar todo tipo de fechas especiales. Llegará el cumpleaños de tu mamá y él irá a saludarla. Él sabe que esos detalles te hacen feliz, sobre todo porque no tiene otros con los que distraerse. Eres solamente tú.
En tercer lugar – y esto me parece súper importante -, sus amigos no son gileros. No dirán frases como “Después sigo yo” o “Está rica tu flaca”, lo más probable es que te respondan con monosílabos si no les hablas acerca del nuevo juego de computadora que ha sido lanzado en Japón. O, incluso, pueden evitar cualquier tipo de contacto contigo y huir.
En cuarto lugar, hablan con propiedad. Nada de “esposhita” u “osito cariñosito”. Si quieres un apodo, serán capaces de crearte uno a través de fórmulas químicas. Puede que no lo entiendas, pero serás la única en el mundo con ese sobrenombre.
En quinto lugar, su confianza en ti será absoluta. Si es que él tiene que estudiar, no se molestará si quieres salir con tus amigas o amigos. Tampoco se irá a buscar otras ‘flaquitas’ después de despedirse de ti. Lo más seguro es que si lo ves en su casa, habrá estado dormido, con la cabeza recostada en el teclado de su computadora.
En sexto lugar, no necesitarás de nadie que te explique cómo usar la más reciente tecnología que se renueva cada día. Él te podrá enseñar cómo funciona cualquier aparatito. En general, cualquier cosa que utilice pilas, baterías o se conecte al enchufe.
En sétimo y último lugar está lo que yo considero más importante. Ya no tendrás que arreglar cada centímetro de ti si es que él va a visitarte a tu casa. Él es así también. Ignorara el hecho de que estés maquillada o no. Siempre te verá lindísima y no te mentirá, él no sabe mentir. Finalmente, si engordas un poco, un nerd no te hará sentir mal. Eres su chica y eso es lo que le importa.
jueves, 10 de junio de 2010
El vicio de leer
Un libro, un mundo paralelo. Te sumerges en la ficción y tienes la necesidad y las ansias de saber el desenlace, cueste lo que cueste. Aquellos que sufren esta “enfermedad” saben lo que es quedarse hasta altas horas de la noche con tal de terminar una página más y engañarse a sí mismos diciendo: Cuando acabe este capítulo, lo cierro.
A la mayoría de nosotros nos han relatado o leído cuentos antes de dormir. A algunos nos gustaba más que a otros y, dentro de esos, estamos los que entramos en el vicio a temprana edad. Comencé a los ocho años con el best seller de esos tiempos, Harry Potter. El libro estaba en lo más recóndito de esos cajones que rara vez se abren y, un buen día, con el afán de limpiar, lo encontré. La tentativa de asear mi escritorio quedó como tal y, sentada en el suelo, empecé las primeras páginas del conocido mundo mágico.
Los que saben a qué me refiero reconocen a uno de los suyos cuando divisan un libro en la mano como equipaje obligatorio. Por otro lado, aquellos que tienen algún conocido con los mismo síntomas tienen cuidado de pasar por una librería cuando están con ellos, ya que el brillo en los ojos del vicioso delatará el deseo de quedarse unas cuantas horas viendo carátulas, leyendo reseñas y, si es posible, comprando un nuevo engreído.
En el momento en el que abro un libro nuevo, lo primero que hago es olerlo. No todos tienen un mismo aroma, pero, por más diferente que sea, siempre es agradable acercarlo a la nariz. La fragancia de sus páginas crea expectativa hacia la posibilidad de adentrarte en ellas.
El ardor de los ojos tras un fin de semana de lectura placentera – reemplazo de alguna fiesta – no importa mucho, pues, mientras más tiempo le dediques al libro, más rápido tendrás la satisfacción de conocer en qué acabará la historia. Las inevitables deducciones del propio lector acerca del relato, ya sean las desventuras de una pareja de jóvenes enamorados o el afán de descubrir quién es el asesino, lo incentivan a leer, aunque sea una página, cada vez que tiene la oportunidad.
Otro síntoma común, si es que aún no sabes si considerarte “enfermo”, es que, en tu cumpleaños o en Navidad, el regalo más recurrente que tengas sea un libro. Tus conocidos saben que no hay pierde, puesto que un simple paseo por tu habitación les dará una idea de qué libros todavía no están en tus repisas.
Tras la cubierta de un libro, existe un mundo diferente que puedes visitar cuantas veces quieras. No importa que ya lo hayas leído, siempre encontrarás algo nuevo. La diferencia entre este vicio y otros es que el contenido te nutre, las palabras perduran y puedes seguir disfrutándolo aun cuando ya lo cerraste.
Regresando a los síntomas, si en alguna ocasión percibes una situación similar a la de uno de los libros que has leído e inmediatamente la asocias y esperas que tenga el mismo final, entonces, por si no te habías dado cuenta, eres uno más de nosotros, los sanos viciosos. Antonio Muñoz Molina, en su artículo “Un vicio sin castigo”, afirma que “uno no lee para aprender, ni para saber más, ni para escaparse. Uno lee porque la lectura es un vicio perfectamente compatible con la escasez de medios, con la falta de esa audacia que otros vicios requieren y, más importante todavía, con la absoluta pereza.”
No sé si leo porque estoy aburrida o porque no tengo nada que hacer; sin embargo, sí estoy segura de que me produce satisfacción. El terminar un libro es cumplir con una misión, es cerrar el compromiso que asumiste al pasar las primeras hojas. Leer implica más que entender las palabras del autor, es sumergirse en un mundo paralelo. Me considero una lectora no porque no me importe estar en una posición incómoda mientras paso las páginas, sino porque disfruto cada vez que llego a un punto final.
A la mayoría de nosotros nos han relatado o leído cuentos antes de dormir. A algunos nos gustaba más que a otros y, dentro de esos, estamos los que entramos en el vicio a temprana edad. Comencé a los ocho años con el best seller de esos tiempos, Harry Potter. El libro estaba en lo más recóndito de esos cajones que rara vez se abren y, un buen día, con el afán de limpiar, lo encontré. La tentativa de asear mi escritorio quedó como tal y, sentada en el suelo, empecé las primeras páginas del conocido mundo mágico.
Los que saben a qué me refiero reconocen a uno de los suyos cuando divisan un libro en la mano como equipaje obligatorio. Por otro lado, aquellos que tienen algún conocido con los mismo síntomas tienen cuidado de pasar por una librería cuando están con ellos, ya que el brillo en los ojos del vicioso delatará el deseo de quedarse unas cuantas horas viendo carátulas, leyendo reseñas y, si es posible, comprando un nuevo engreído.
En el momento en el que abro un libro nuevo, lo primero que hago es olerlo. No todos tienen un mismo aroma, pero, por más diferente que sea, siempre es agradable acercarlo a la nariz. La fragancia de sus páginas crea expectativa hacia la posibilidad de adentrarte en ellas.
El ardor de los ojos tras un fin de semana de lectura placentera – reemplazo de alguna fiesta – no importa mucho, pues, mientras más tiempo le dediques al libro, más rápido tendrás la satisfacción de conocer en qué acabará la historia. Las inevitables deducciones del propio lector acerca del relato, ya sean las desventuras de una pareja de jóvenes enamorados o el afán de descubrir quién es el asesino, lo incentivan a leer, aunque sea una página, cada vez que tiene la oportunidad.
Otro síntoma común, si es que aún no sabes si considerarte “enfermo”, es que, en tu cumpleaños o en Navidad, el regalo más recurrente que tengas sea un libro. Tus conocidos saben que no hay pierde, puesto que un simple paseo por tu habitación les dará una idea de qué libros todavía no están en tus repisas.
Tras la cubierta de un libro, existe un mundo diferente que puedes visitar cuantas veces quieras. No importa que ya lo hayas leído, siempre encontrarás algo nuevo. La diferencia entre este vicio y otros es que el contenido te nutre, las palabras perduran y puedes seguir disfrutándolo aun cuando ya lo cerraste.
Regresando a los síntomas, si en alguna ocasión percibes una situación similar a la de uno de los libros que has leído e inmediatamente la asocias y esperas que tenga el mismo final, entonces, por si no te habías dado cuenta, eres uno más de nosotros, los sanos viciosos. Antonio Muñoz Molina, en su artículo “Un vicio sin castigo”, afirma que “uno no lee para aprender, ni para saber más, ni para escaparse. Uno lee porque la lectura es un vicio perfectamente compatible con la escasez de medios, con la falta de esa audacia que otros vicios requieren y, más importante todavía, con la absoluta pereza.”
No sé si leo porque estoy aburrida o porque no tengo nada que hacer; sin embargo, sí estoy segura de que me produce satisfacción. El terminar un libro es cumplir con una misión, es cerrar el compromiso que asumiste al pasar las primeras hojas. Leer implica más que entender las palabras del autor, es sumergirse en un mundo paralelo. Me considero una lectora no porque no me importe estar en una posición incómoda mientras paso las páginas, sino porque disfruto cada vez que llego a un punto final.
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